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lunes, 5 de agosto de 2013

«¡No hay ni habrá nada ajeno aparte de lo que es!»

Las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad,
se hacen claramente visibles desde la creación del mundo,
siendo entendidas por medio de las cosas hechas,
de modo que no tienen excusa.

Romanos 1:20.
 



¡No hay ni habrá nada ajeno aparte de lo que es!»



        Esta exclamación se halla en uno de los textos más antiguos, el poema del filósofo Parménides, quien vivió en el siglo sexto antes de nuestra era. Traduce el hecho innegable de que el mundo existe.

       Más recientemente, el astrofísico Hubert Reeves escribió: «Leibniz hizo esta pregunta hace más de dos siglos: ¿Por qué hay algo más bien que nada? Hoy en día no se ha avanzado más. Ese científico es como cada uno de nosotros. Confrontado a esta pregunta no sabe nada, no tiene ni siquiera la primera palabra de la respuesta».

       Este tipo de preguntas están ahí continuamente. Atraviesan los siglos y las culturas. Nacen en el niño y continúan en el anciano, en el ocaso de su vida. Son propias del ser humano. Es el sobrecogimiento, la perplejidad ante la existencia. Maravillarse es lógicamente preguntarse, es incluso un tanto decir «gracias». Contemplamos una realidad que nos sobrepasa; está ahí y nos infunde respeto.

       ¡Hay algo, y hay seres que son conscientes de ello! Por lo tanto, ¡hay «Alguien», desde siempre! Es maravilloso, sorprendente y verdadero. Tomar conciencia de esto es la base de todo. No rehusemos examinar las preguntas que surgen. Aún hoy Dios nos habla por medio de la Biblia. A través de ella nos da la respuesta a nuestras preguntas más profundas; sacia nuestra sed y nos da la paz y el gozo.

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